-Los días más importantes en la
vida de una persona son los más inesperados, aquellos en los que el azar es
protagonista y nada está planeado previamente. El día de mi decimotercer cumpleaños iba a suponer sin yo saberlo, uno de los que sin duda, marcarían mi
destino sin poder remediarlo. Aquel día me despertó la luz cegadora que entraba
a través de la ventana de mi habitación. No hacía falta mirar el reloj, sabía
que una vez más, llegaba tarde a clase.
Me levanté, me vestí a a toda
prisa y bajé las escaleras esperando que mi padre aún no hubiese llegado a
casa. Aquella semana le tocaba el turno de noche en la fábrica y no le hubiese
gustado nada encontrarme allí al llegar. Era la tercera vez en una semana que
me quedaba dormida…
Por mi madre no tenía que preocuparme,
seguro que, como cada día, seguía postrada en la cama sin ganas de levantarse.
De hecho me extrañó que aquella mañana no fuesen sus gritos y lamentos lo que
me despertara. Hace años que no mantengo una conversación con ella. Nuestra
relación se limita a mi ignorancia y a sus reproches. Pretende continuamente hacerme sentir culpable por haber nacido, según ella soy el fruto de su
infelicidad… de su depresión.
Salí de casa de puntillas y
apresuré el paso hacia la parada del autobús. No tendría suerte, el próximo no
pasaría hasta pasada la media hora. Decidí finalmente ir andando, tomaría el
atajo del camino de tierra, sabía que no debía pasar por allí, pero me daba
igual, no tengo miedo a nada, además tenía que darme prisa o ni siquiera
llegaría a la clase de matemáticas, la que más odiaba.
Hace un calor anormal para el
mes de mayo, no soporto sudar . Mis zancadas son cada vez más cortas, estoy
cansada de andar, tengo los zapatos llenos de tierra y los cordones
desabrochados. Exhausta, decido sentarme debajo de un árbol, total, ya no valía
la pena correr…además, ¿ A quién le importaba si yo iba o dejaba de ir a clase?
No era santo de devoción de mis profesores y menos aún de mis compañeros de
clase.
Tenía unas ganas terribles de
hacerme mayor, poder huir de ese pueblo, desaparecer.
Era mi cumpleaños, nadie se
acordaría, pero yo iba a hacer lo que me viniera en gana…para empezar, me
tomaría el día libre, pasearía por el bosque, luego tomaría el autobús hacia el
pueblo más cercano y pasaría la tarde mirando escaparates, quizás me compraría
un helado enorme también. Lo que sea, lo que yo quiera.
Me incorporé , me expulsé la
tierra del pantalón y deshice el camino hacia la parada de autobús.
Cuando anduve unos metros creí
escuchar un chasquido en medio del bosque. Sabía que no debía entretenerme, era
un lugar peligroso, un camino de tierra abandonado por el que quizás hacía años
que nadie pasaba y sólo la maleza era testigo de lo que allí pudiera suceder.
Al acercarme a unos arbustos
atisbé a lo lejos una sombra en movimiento, corrí hacia ella abriéndome paso
entre las zarzas que me arañaban los brazos desnudos.
Quedé petrificada cuando vi ante
mis ojos, la silueta de un perro zarandeándose bruscamente, tratando de zafarse
de la cuerda que le oprimía el cuello. Alguien lo había intentado ahorcar.
Me acerqué al animal, que no
paraba de lloriquear y respirar agitadamente. Traté sin éxito quitarle la soga
del cuello, pero pesaba demasiado para mí y sus pezuñas me arañaban intentando
cogerme, agarrarse a la vida de algún modo. Sus ojos desorbitados me pedían
ayuda y yo, yo sólo me podía sentir impotente y con ganas de salir corriendo de
allí. Cansada de forcejear decidí acabar con la vida del animal. Intenté
apretar más la cuerda, oprimirle el cuello hasta asfixiarlo del todo, pero me
fue imposible lograrlo. Sus gemidos se volvieron más y más fuertes y retumbaban
en mi cerebro. El dolor y la angustia que tenía que sentir ese perro era
insoportable. Lejos de calmarme para poder pensar, sentí dentro de mí un
instinto arrollador, unas ansias increíbles de acabar como fuera con la vida
del can. Sin apenas darme cuenta ya tenía en mis manos una piedra con la que
golpeé repetidas veces su cabeza mientras gritaba sin parar. Me sentía como una
bestia desatada, fuera de sí.
Seguí golpeándolo, destrozándole
el cráneo, haciendo caso omiso a los borbotones de sangre que salpicaban mi
blanca camiseta. El perro hacia ya mucho rato que dejó de sufrir, pero yo
seguía inmersa en la idea de acabar con él, machacarlo hasta sentirme satisfecha.
De repente, me di cuenta de lo que había hecho, de lo que me había llegado a
ensañar con la pobre bestia. Temblorosa aún por la excitación, dejé caer la
piedra al suelo y observé mi obra. Lejos de llorar o arrepentirme, me sorprendí
a mi misma de la extraña satisfacción que sentí. Aquel día descubrí cuál sería
mi destino y por lo que viviría el resto de mis días. El placer de matar.
-1998
-1998
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